Partiendo obviamente de la ética profesional y de los códigos éticos de nuestras profesiones, en el modelo de intervención planteado, se considera necesario establecer un modo de relación basado en la confidencialidad y la creación de un clima de confianza. Ambos elementos facilitarán el desarrollo posterior del proceso de trabajo.
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Más allá de la necesidad de recabar información, la acogida conlleva una actitud de apertura ante la persona que acude por primera vez al recurso. Debe primar la escucha, la empatía frente a la necesidad de hacer un diagnóstico de su situación.
Aquí debemos hacer un esfuerzo por eliminar la carga de prejuicios y estereotipos que todas las personas tenemos y de la que los y las profesionales tampoco estamos libres para no prejuzgar a la persona e interactuar con ella desde la globalidad que ella representa y trasmite, no sólo desde los problemas que se aprecian.
Nuevamente, será importante mostrar atención a posibles componentes de género y también interculturales que nos puedan dar claves para la comprensión de la situación y para la posterior estrategia de intervención.
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El acompañamiento requiere de una relación de cercanía y proximidad, eliminando rigideces mentales que dificultan la relación. Es vital contar con un espacio y tiempo donde la persona se encuentre tranquila y confiada. Existen muchos retos en la comunicación.
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Debemos creer que el cambio es posible. No sólo en esta fase sino en el conjunto de la intervención es importante arriesgar en las intervenciones que realizamos. No podemos quedarnos en actuar desde la duda o la realidad de fracasos anteriores de la persona o de otras con perfiles similares. Nos puede ayudar:
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