Personas mayores

Compaginar derechos individuales y condicionantes organizativos

Alcanzar el equilibrio entre derechos individuales y condicionantes organizativos

  • Para alcanzar ese equilibrio entre necesidades y condicionantes organizativos de la estructura residencial y necesidades y preferencias individuales de las personas que allí viven, es imprescindible estar dispuestos a introducir cambios en las formas de funcionamiento residencial y a diseñar e implantar esos cambios situando los derechos de las personas en el núcleo de ese proceso de transformación y de diseño de las nuevas pautas de organización y de atención.
  • Ese proceso de transformación no consiste necesariamente en cambiar las cosas que se hacen, sino en hacerlas de otro modo, con otro espíritu, con otra actitud, con menos automatismos, y la única manera de conseguirlo es centrar la atención en los elementos directamente relacionados con la vida cotidiana y en tratar de definir si las pautas de organización y funcionamiento garantizan o no, en las distintas áreas de atención, el respeto de los derechos básicos. Si se tiene esto presente, las cosas mejorarán, aunque lo hagan lentamente. Serán, a menudo, mejoras difíciles de medir en términos cuantitativos, pero se reflejarán en el ambiente de la residencia, en la satisfacción de quienes allí viven y trabajan y en el hecho, muy significativo, de que las personas residentes dejarán de aparecer como un conjunto homogéneo de individuos a atender, sólo diferenciados por su mayor o menor grado de dependencia.
  • La necesidad de insistir en otorgar a los derechos la importancia que les corresponde, es tanto más pertinente cuanto que las mejoras observadas en los últimos tiempos en el medio residencial, podrían llevarnos a creer, erróneamente, que ya se cumplen. En efecto, los derechos a los que se alude son tan básicos, tan inherentes a la condición misma de persona, que parece imposible que podamos limitarlos o transgredirlos y, sin embargo, las dificultades que su ejercicio efectivo origina en la práctica residencial presentan un riesgo real de llevarnos a transigir en aspectos que, en cualquier otro contexto, consideraríamos irrenunciables. Este riesgo es todavía mayor cuando la persona atendida presenta un grave deterioro cognitivo o sufre de demencia. No es fácil, cuando alguien no reacciona a nuestras palabras y a nuestros gestos, cuando está ausente o actúa de forma totalmente incoherente, seguir tratándola como a una persona, seguir pensando que debe respetarse su intimidad y su privacidad, por ejemplo, que no da lo mismo asearle en presencia de una tercera persona que hacerlo en condiciones de privacidad. No es difícil, en esas circunstancias, derivar, sin pretenderlo, sin que obedezca a un deseo consciente de faltar al respeto, hacia un trato cada vez más impersonal. También es fácil caer en la tentación de ceder y de aceptar razonamientos, muchas veces sinceramente argumentados con consideraciones sobre la mayor comodidad y seguridad de las y los residentes, cuando deberíamos tener siempre como punto de referencia que son derechos inherentes a la condición de persona y que, por esa razón, cuando ésta se encuentra en una situación de vulnerabilidad tal que carece de capacidad para defenderlos, la responsabilidad de respetarlos y hacerlos respetar recae enteramente en quienes conformamos su entorno, principalmente en sus familiares y en las y los profesionales.