Si el diagnóstico se formulase solamente a partir de las necesidades, problemas y situaciones de conflicto, nuestra intervención estaría inevitablemente enfocada desde una visión exclusivamente patológica y patologizante; en definitiva, estaríamos condenados a un tipo de actuación profesional basada en la estigmatización del sujeto (que además se vería desposeído de tal condición para convertirse en objeto).
Por ello, además de identificar las necesidades, problemas y puntos débiles de la situación del sujeto, un buen diagnóstico en trabajo social debe, obligadamente, incorporar una identificación de las potencialidades, capacidades, centros de interés, y oportunidades de mejora de esa situación concreta, específica y única.
Para una adecuada realización de esta identificación diagnóstica, la empatía y la inteligencia emocional son cualidades y destrezas imprescindibles, ya que, solo desde una profunda comprensión del otro se puede llegar a descubrir cuáles son esas fortalezas, capacidades y posibilidades internas, por muy dormidas que puedan estar.
Sólo el enfoque o perspectiva interna puede dotarnos de la capacidad de escucha y atención necesaria del sujeto que nos permita adentrarnos en sus propios procesos de producción de significados, en sus dinamismos vitales, su subjetividad y sus emociones.
Es fundamental en esta tarea posibilitar la construcción y la expresión de la narración subjetiva del propio sujeto, de su experiencia vital y su historia personal, tal como este la ha vivido.
Si pretendemos desarrollar una práctica profesional inclusiva, que supere el determinismo y la impotencia, habrá que ayudar al sujeto a re-apropiarse de sus dinamismos vitales, vinculándolo con el mundo de sus posibilidades y oportunidades.
En el diagnóstico también es preciso detectar cuáles son los centros o asuntos de interés de las personas, ya que, en ocasiones, la estrategia de acción más oportuna puede derivarse de uno de esos intereses, en lugar de partir de un problema o necesidad.
Esto por una razón básica: a veces, una cuestión o asunto de interés puede ser más motivador y resultar más movilizador que un problema grave, sobre todo, cuando este último se perciba de forma fatalista o, efectivamente, esté determinado o muy condicionado por factores sobre los cuáles se tienen pocas posibilidades de intervención.
Con frecuencia, la urgencia de la intervención y el tiempo corto que se exige en las intervenciones asistenciales hace que los profesionales no se ocupen ni preocupen por descubrir cuáles son los asuntos que realmente interesan a las personas más allá de las demandas expresadas.
De hecho, se suele identificar una urgente expresión de una demanda con el verdadero interés de las personas, lo que no siempre es cierto.
Aguilar, M.J., Trabajo social: concepto y metodología. Serie: Ensayos, Manuales y Textos Universitarios, Madrid, Consejo General del Trabajo Social, Paraninfo, 2013, 435 p.