La adquisición de ese conocimiento personal y relacional que permite una colaboración real entre la persona profesional y la persona usuaria y, en su caso, la o el familiar, debe vehicularse a través de sucesivas conversaciones, en cuyo marco, se va reforzando el vínculo de confianza entre las partes, su respeto mutuo, lo que permite a la primera plantear preguntas y a las segundas responder y hacer propuestas que, de otro modo, ninguna se atrevería a considerar o a manifestar.
Es importante que estas conversaciones se integren en la práctica de la atención, porque pueden ser la forma de resolver, en la vida cotidiana, la contradicción generada por la convergencia de dos culturas distintas en los servicios: una basada en la eficacia y la eficiencia, que opera para responder a los condicionantes de la propia estructura, y otra que reconoce la necesidad de un modelo de atención que se construya en torno al reconocimiento de la dimensión humana de las personas que participan en ella.
Desarrollar estas conversaciones exige que las personas profesionales cuenten con una serie de capacidades o de actitudes, que pueden y deben aprenderse. Son, básicamente, las que se indican a continuación.
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