La Atención Centrada en las Relaciones se construye en torno a una serie de principios específicos muy estrechamente vinculados entre sí. Son los siguientes:
En el marco de la atención, las personas que intervienen en las relaciones que se establecen - ya sea entre personas usuarias y profesionales, entre profesionales y familiares, o entre profesionales- son individuos únicos, con una biografía propia, un conjunto propio de experiencias, conocimientos, valores y expectativas, que conforman su mundo subjetivo, su personalidad y su carácter.
Es fundamental que todas lo tengan en cuenta y se sirvan de ello para enriquecer las relaciones que establecen en el servicio, respetando a cada ser humano en su integralidad, tratando de ver a cada persona más allá de su función o de su rol y procurando que la experiencia que tienen de la relación de cuidado -recibiéndola o prestándola- y del contexto en el que dicha relación se inscribe, sea el resultado o el reflejo del reconocimiento de la dimensión humana de cada una de las personas que interviene.
El afecto y las emociones son inherentes al inicio, al mantenimiento y a la finalización de las relaciones, también de las relaciones de cuidado. En su marco, la persona profesional ofrece apoyo a la persona usuaria, a su familiar o a otra profesional, no sólo mediante la realización de tareas, sino también a través de su presencia emocional, empática, compasiva y de su mirada positiva sobre las demás personas, alejada de la actitud distante de neutralidad afectiva propia de las estructuras muy institucionalizadas.
Adoptar una actitud empática y compasiva en sus relaciones con las demás personas que intervienen en la atención y, en particular, con la persona atendida, presenta el potencial de ayudar a la otra parte a expresar y a comunicar sus propias emociones (su alegría, su satisfacción, sus miedos, sus carencias), lo que a su vez mejora la experiencia que la persona profesional tiene de la atención que ofrece, ayudándole a conectar con la esencia de la función de cuidado, con la naturaleza misma de su profesión.
Las acciones que conforman la prestación de la atención no ocurren de forma aislada, sino que se producen en un contexto de influencia recíproca, tanto cuando se trata de relaciones entre personas usuarias y profesionales, como entre profesionales y familiares, o entre profesionales.
Si las relaciones son genuinas, todas las personas que intervienen en la atención se ven impactadas positivamente, enriquecidas por el vínculo relacional, lo que les permite crecer humanamente y, en el caso del personal, también profesionalmente.
En ese marco, el elemento de reciprocidad, interconexión e interdependencia se vive como algo moralmente bueno, positivo y beneficioso para todas las partes, como un elemento necesario y central de la relación, que conduce a su simetría, por oposición a las relaciones asimétricas propias de los contextos institucionales.
Todas las personas que intervienen en la relación -persona usuaria, profesional y familiar- tienen una serie de conocimientos, vivencias y experiencias asociadas a la atención. En otros términos, todas ellas, cada una desde su posición, son expertas, unas en prestar cuidados y otras en recibirlos.
Todas ellas deben reconocer y tener en cuenta las competencias de las demás y, en particular, las personas profesionales deben ser conscientes de que no son las únicas personas “expertas” en el marco de esa relación de cuidado.
Esto no significa que todos los conocimientos sean equiparables, pero tampoco deben jerarquizarse, dando más valor al conocimiento teórico que al empírico, al intuitivo que al racional, al profesional que al de las personas usuarias y familiares, o a la inversa. Significa que confluyen diversos tipos de conocimiento y experiencia y que todos ellos deben tenerse presentes para construirlas.
El establecimiento, mantenimiento y reforzamiento de las relaciones interpersonales se conceptualizan y valoran como parte de la actuación profesional, integradas en las actividades cotidianas y en los tiempos ordinarios.
Resulta indispensable visibilizar los pequeños actos de empatía y compasión, los más simples y básicos, en lugar de valorar única o principalmente los actos complejos y especializados, con el fin de favorecer el reconocimiento de su estatus y de su naturaleza inherente a la atención.
Estos cinco principios son los que pueden considerarse como específicos de la Atención Centrada en las Relaciones, los que la diferencian de otros enfoques. Además, también adhiere a otra serie de principios, comunes a otras formas de pensar la atención: la continuidad de la atención es uno de ellos, pero pueden citarse también, entre otros, los principios de interdisciplinariedad, de no discriminación desde la igualdad en la diversidad, de tratamiento confidencial de la información, o de mejora continua.