Las personas familiares y allegadas son, desde su propia posición en la relación de cuidado, expertas en la prestación de atención a la persona mayor, porque, por lo general, han estado mucho tiempo ofreciendo su apoyo. No sólo conocen bien su idiosincrasia, sus preferencias y sus miedos, sino que conocen bien también el impacto de unas u otras formas de prestar la atención en el bienestar de la persona.
Deben tener la oportunidad de transmitir el conocimiento y la experiencia que tienen para, de ese modo, favorecer el mayor grado posible de personalización de la atención que ofrecen las personas profesionales y por esa vía garantizar la continuidad de las pautas de cuidado. Esta función es tanto más importante cuando la persona atendida sufre demencia o deterioro cognitivo que dificultan la comunicación directa.