Promover el bienestar emocional de la persona con discapacidad contribuye a prevenir mejor la aparición de la dependencia, en particular de la dependencia conductual que conduce a solicitar o a aceptar pasiva o activamente el apoyo de los demás. Es un proceso que se va construyendo y en el que influye, además de la discapacidad "real" de la persona, los conocimientos o conductas de quienes le prestan apoyos y las interrelaciones con otras variables o factores (las barreras arquitectónicas, la opinión y demandas de la familia,...). La capacidad del personal de apoyo para favorecer el bienestar de la persona con discapacidad (valorándole, mostrando confianza en su capacidad, animándole a perseguir lo que desea, etc.) estimulará a la persona a implicarse, a tener iniciativa, a participar y, en definitiva, a conservar su autonomía y a asumir su independencia.
Es imprescindible no conformarse con la "dependencia aparente", sino cuestionarse si la persona podría, mediante una optimización de sus capacidades y de las oportunidades efectivas, mejorar su situación y vivir con mayor autonomía: hay que pensar en la eliminación de las barreras físicas, pero también en las barreras de comunicación; hay que diseñar procesos de recapacitación; hay que cuestionar el estilo de relación en la prestación de apoyos para alejarse de los estereotipos y de las bajas expectativas asociadas a los mismos, con el fin de valorar a cada persona por lo que es y por lo que puede ser, en lugar de valorarla en base a su clasificación en un determinado tipo y grado de discapacidad.