Aunque, en sentido estricto, envejecemos desde el momento mismo en que nacemos, el término envejecimiento se reserva habitualmente para aludir a un proceso propio de una fase tardía del ciclo vital, con una realidad diferenciada de las anteriores, que, si efectivamente se caracteriza por la aparición o la acentuación de una serie de limitaciones que se van agudizando con el tiempo, también pone de relieve un potencial único, capaz de compensar parcial o totalmente algunas de esas limitaciones.
En las últimas décadas, esa etapa se ha venido situando en torno a los 60-65 años; en épocas anteriores, se situaba en fases más tempranas; en la actualidad, la mayor longevidad y un mejor estado de salud en edades avanzadas llevan a debatir sobre si todavía esa edad límite de los 65 años se corresponde con la realidad o si convendría volver a modificar las convenciones y a retrasar, en consecuencia, el límite inicial "oficial" del inicio del proceso de envejecimiento.
El envejecimiento es un proceso complejo, determinado por la conjunción e interacción de diversos procesos que pueden determinar cambios biológicos, psicológicos y sociales cuya aparición y grado de intensidad varía de unas personas a otras.
Cambios asociados al envejecimiento
Sin duda, los cambios indicados se producen tanto en la población general como en las personas con discapacidad, si bien, en estas últimas, su impacto puede resultar mucho mayor: las nuevas limitaciones biológicas o psicológicas se suman a limitaciones o dificultades ya existentes, los cambios en las redes sociales y familiares pueden originar un fuerte desequilibrio emocional centrado en sentimientos de pérdida y desamparo, y los cambios de actividad, con la modificación que conllevan en las rutinas, pueden determinar una desorientación, una pasividad y un aislamiento tendentes a perjudicar a la persona con discapacidad. Si estos cambios no se preparan adecuadamente para facilitar la adaptación a las nuevas circunstancias, aumentará su grado de fragilidad y vulnerabilidad.
En el caso de las personas con discapacidad, el proceso de envejecimiento puede situarse en la misma franja de edad que en el resto de la población; así ocurre, en el caso de personas con discapacidad intelectual moderada o leve, sin otras patologías asociadas, o en el caso de personas con discapacidad física no gravemente afectadas. En otros supuestos, en cambio, cuando el grado de afectación es mayor y/o cuando existen patologías asociadas, la fase de envejecimiento se inicia antes que en el resto de la población, pudiendo observarse la aparición, sobre los 45 ó 50 años, de cambios biopsicosociales con repercusiones notables en la calidad de vida. Dicho esto, es indispensable no olvidar que cada persona es única y que las manifestaciones propias del envejecimiento variarán de unas a otras, como también ocurre en fases anteriores del ciclo vital, siendo indispensable tener muy presentes esas diferencias individuales en nuestra aproximación al envejecimiento de las personas con discapacidad.
Es importante, con carácter general, poner el énfasis en estrategias basadas en el envejecimiento activo, basado en la potenciación de estrategias de optimización y compensación y el aprendizaje a lo largo de todo el ciclo vital, otorgando protagonismo a la persona -autocuidado, promoción de la autoestima, implicación en relación sociales- y a su interacción con el entorno.