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Cambios asociados al envejecimiento

Aunque, en sentido estricto, envejecemos desde el momento mismo en que nacemos, el término envejecimiento se reserva habitualmente para aludir a un proceso propio de una fase tardía del ciclo vital, con una realidad diferenciada de las anteriores, que, si efectivamente se caracteriza por la aparición o la acentuación de una serie de limitaciones que se van agudizando con el tiempo, también pone de relieve un potencial único, capaz de compensar parcial o totalmente algunas de esas limitaciones.

En las últimas décadas, esa etapa se ha venido situando en torno a los 60-65 años; en épocas anteriores, se situaba en fases más tempranas; en la actualidad, la mayor longevidad y un mejor estado de salud en edades avanzadas llevan a debatir sobre si todavía esa edad límite de los 65 años se corresponde con la realidad o si convendría volver a modificar las convenciones y a retrasar, en consecuencia, el límite inicial "oficial" del inicio del proceso de envejecimiento.

El envejecimiento es un proceso complejo, determinado por la conjunción e interacción de diversos procesos que pueden determinar cambios biológicos, psicológicos y sociales cuya aparición y grado de intensidad varía de unas personas a otras.


Cambios asociados al envejecimiento
 

  • Cambios biológicos. Los cambios biológicos directamente asociados al envejecimiento afectan a aparatos, órganos y sistemas y son cambios graduales acaecidos por el paso del tiempo, a diferencia de los patológicos que se derivan de daños patológicos o accidentales (vasculares, infecciosos, tumorales,...). Así, a partir de cierta edad, se observa un aumento en el riesgo de contraer enfermedades, una merma de las facultades físicas, pérdida de elasticidad en piel y músculos, disminución en la fuerza muscular, deterioro neuronal, debilitamiento de los procesos perceptivos, entre otros.
     
  • Cambios psicológicos. Los cambios psicológicos se manifiestan fundamentalmente en una disminución de las capacidades y destrezas intelectuales. Se observan, por lo general, mayor lentitud en los tiempos de reacción, cierto déficit de atención, una disminución general de la memoria; en ocasiones, aparecen también o se acentúan actitudes de rechazo, introversión, rigidez, intolerancia o aislamiento. Estas limitaciones se ven compensadas, con frecuencia, por un mayor grado de madurez y serenidad en la forma de vida y en la toma de decisiones, así como por una mayor perspectiva de la historia personal y social.
     
  • Cambios sociales. Los cambios sociales se dan, básicamente, como consecuencia de la modificación que se observa en los roles sociales, profesionales y culturales: la jubilación determina, es cierto, el fin de la actividad profesional, y con ello de una red de relaciones sociales, de un conjunto de rutinas diarias y de un estatus social. Pero también puede significar la apertura a otras actividades sociales y culturales, que determinan la construcción o el reforzamiento de otras redes sociales y de un nuevo estatus referencial. Los cambios sociales también pueden aparecer asociados a modificaciones en la situación familiar o convivencial: pérdida de seres queridos, pero también incorporación al núcleo familiar de nuevos miembros.

Sin duda, los cambios indicados se producen tanto en la población general como en las personas con discapacidad, si bien, en estas últimas, su impacto puede resultar mucho mayor: las nuevas limitaciones biológicas o psicológicas se suman a limitaciones o dificultades ya existentes, los cambios en las redes sociales y familiares pueden originar un fuerte desequilibrio emocional centrado en sentimientos de pérdida y desamparo, y los cambios de actividad, con la modificación que conllevan en las rutinas, pueden determinar una desorientación, una pasividad y un aislamiento tendentes a perjudicar a la persona con discapacidad. Si estos cambios no se preparan adecuadamente para facilitar la adaptación a las nuevas circunstancias, aumentará su grado de fragilidad y vulnerabilidad.

En el caso de las personas con discapacidad, el proceso de envejecimiento puede situarse en la misma franja de edad que en el resto de la población; así ocurre, en el caso de personas con discapacidad intelectual moderada o leve, sin otras patologías asociadas, o en el caso de personas con discapacidad física no gravemente afectadas. En otros supuestos, en cambio, cuando el grado de afectación es mayor y/o cuando existen patologías asociadas, la fase de envejecimiento se inicia antes que en el resto de la población, pudiendo observarse la aparición, sobre los 45 ó 50 años, de cambios biopsicosociales con repercusiones notables en la calidad de vida. Dicho esto, es indispensable no olvidar que cada persona es única y que las manifestaciones propias del envejecimiento variarán de unas a otras, como también ocurre en fases anteriores del ciclo vital, siendo indispensable tener muy presentes esas diferencias individuales en nuestra aproximación al envejecimiento de las personas con discapacidad.

Es importante, con carácter general, poner el énfasis en estrategias basadas en el envejecimiento activo, basado en la potenciación de estrategias de optimización y compensación y el aprendizaje a lo largo de todo el ciclo vital, otorgando protagonismo a la persona -autocuidado, promoción de la autoestima, implicación en relación sociales- y a su interacción con el entorno.

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