Recomendaciones prácticas para alcanzar el equilibrio entre derechos individuales y condicionantes organizativos
Aspectos generales de la atención personal
46. Tratar de adaptar la práctica asistencial a los diversos modos de vida de las personas residentes, en lugar de condicionar sistemáticamente estos últimos a la conveniencia de la organización. (Derechos en los que impacta esta recomendación: Dignidad, Satisfacción, Elección).
47. Atender a las y los residentes de forma individualizada. (Derechos en los que impacta esta recomendación: Dignidad, Privacidad, Satisfacción, Elección, Privacidad). A tales efectos conviene:
Elaborar para cada residente un plan de atención personalizada que recoja una valoración completa de:
sus capacidades (experiencias, conocimientos, habilidades, aficiones) y sus hábitos;
sus preferencias y sus deseos;
sus limitaciones y sus necesidades de apoyo;
las pautas de atención que conviene aplicar para prestar los apoyos requeridos y, en su caso, aquellas otras que no conviene adoptar.
Revisar periódicamente las pautas de atención establecidas para verificar si siguen ajustándose bien a las necesidades y preferencias de la persona o si es necesario modificarlas y adaptarlas a una nueva situación.
Designar para cada residente a una o un profesional que actúe como referente, tratando, en lo posible, que su designación venga determinada por el grado de empatía existente entre ambas personas.
Garantizar cierta continuidad en las relaciones entre el personal asignado a su atención personal y las y los residentes.
De por sí, el inevitable sistema de turnos necesario para garantizar una atención continuada (de mañana, de tarde, de noche; de semana y de fin de semana), unido al gran número de profesionales, dificulta considerablemente la buena transmisión de la información referida a cada una de las personas residentes y, en consecuencia, la personalización de la atención.
Esta dificultad se puede ver agravada cuando se establece, además, un sistema de rotación continuada –ya sea semanal, mensual, bimestral,…– entre las distintas plantas, unidades o módulos de un mismo centro residencial, en lugar de optar por un sistema de rotaciones a más largo plazo (de periodicidad anual, por ejemplo).
Es cierto que el sistema de rotación continuada presenta varias ventajas:
Por un lado, los cambios periódicos pueden resultar estimulantes para las y los profesionales y redundar, a la postre, en beneficio de las personas residentes.
Por otro, permite, entre profesionales de atención directa, un reparto más frecuente de la carga de trabajo y del impacto psicológico que puede ir asociado al cuidado de residentes con un importante grado de deterioro (es sabido, por ejemplo, que la atención en unidades de psicogeriatría puede resultar más estresante que la atención en unidades destinadas a personas que sólo presentan deterioro físico).
Sin embargo, la excesiva rotación de las y los profesionales por todas las plantas o unidades presenta un inconveniente que no cabe desconsiderar: el hecho de que las personas acaban siendo atendidas, a lo largo del año, por toda la plantilla de atención directa, lo que, sin duda, dificulta el establecimiento y el afianzamiento de relaciones de confianza que, en situaciones delicadas, directamente asociadas a la intimidad de los residentes, resultan esenciales.
Es difícil imaginarse a uno mismo siendo aseado, semana tras semana o mes tras mes por personas distintas. Gran número de residentes acaban sobrellevando esta situación mediante una desinhibición forzada, pero algunas personas nunca lo logran y viven, a diario, una situación que les resulta extremadamente incómoda e indigna. Es importante, por lo tanto, sopesar muy cuidadosamente, en cada centro, la mayor o menor conveniencia de una u otra fórmula de organización.
48. Crear un estilo de atención flexible, que se adapte y evolucione de acuerdo con los cambios observados en la situación y en las necesidades de las personas atendidas. (Derechos en los que impacta esta recomendación: Dignidad, Satisfacción, Elección).
En algunos casos, se observan claras dificultades de adaptación de las y los profesionales a los cambios que deben introducirse en la atención para adecuarla a las necesidades derivadas del progresivo deterioro físico y/o psíquico de las y los residentes. Es importante, desde este punto de vista, fomentar en las residencias la cultura de la mejora continua de la calidad que implica a las y los profesionales en una dinámica de cuestionamiento de las rutinas, ayudándoles a experimentar los cambios en la organización y el funcionamiento residencial como algo positivo, en lugar de afrontarlos con reticencia y, a veces, con miedo, por considerarlos una crítica velada a su forma de trabajar.
49. Procurar que la organización de los grupos de trabajo permita respetar el deseo de las personas que muestren especiales reticencias a ser atendidas, en su aseo íntimo, por profesionales del sexo opuesto. (Derecho en el que impacta esta recomendación: Dignidad).
En la actualidad, la plantilla de atención directa está constituida, mayoritariamente, por mujeres, debido a que ha sido, tradicionalmente, una profesión marcadamente femenina. Por esa razón, los residentes hombres no suelen mostrar, salvo excepciones, reticencias a que les aseen mujeres; están culturalmente preparados para ello, como lo están a ser atendidos por enfermeras y auxiliares de enfermería cuando van a la consulta del médico o cuando ingresan en un hospital. Las mujeres, por su parte, también están acostumbradas a esta forma de hacer, viven bajo ese mismo patrón cultural y, en consecuencia, soportan mal que les asee un hombre. Sin duda, algunas muestran cierta indiferencia con respecto a esta cuestión y otras pueden incluso manifestar que prefieren que estas tareas las realice un hombre porque se sienten más seguras en manos de alguien más robusto; pero son excepciones. Por regla general, viven mal esta situación, aunque acaben resignándose.
A pesar de ello, y a pesar de que el número de cuidadores masculinos es reducido y de que, por lo tanto, hoy por hoy, no resultaría excesivamente dificultoso asignarles preferentemente la atención de residentes hombres, se observan, entre los y las profesionales, considerables resistencias a ajustarse a esta pauta.
Son varias las razones que se aducen para explicar esta actitud:
Por un lado, se invoca el principio de igualdad de oportunidades y de no discriminación por razón de sexo en el medio laboral. Resulta imprescindible reconsiderar esta cuestión, pues no parece sensato considerar que el hecho de que una persona de más de 80 años se resista a ser aseada por un cuidador de sexo opuesto pueda ser percibido por ningún profesional como una actitud que vulnere su derecho a la igualdad de oportunidades.
Por otro lado, se invoca también el principio de profesionalidad, aduciendo que las y los cuidadores son, ante todo, profesionales y que así es como deben ser percibidos. Sin duda, esa es su propia actitud cuando desempeñan sus tareas, principalmente las de atención personal, y es lógico que así sea, pero difícilmente puede pretenderse que las y los residentes, hoy por hoy, la asuman con naturalidad. Precisamente la profesionalidad es la que debe llevarnos a mostrar especial sensibilidad hacia los temores y reticencias de las personas residentes.
Por último, se alude a las dificultades que esta pauta de atención podría generar en el futuro, cuando sean más numerosos los cuidadores de sexo masculino. Con respecto a este argumento, es importante subrayar dos aspectos: primero, que conviene que exista cierta correlación entre las características personales, sociales y culturales de la plantilla y las de la población residencial, siendo una de dichas características el género; segundo, que, aun cuando en el futuro no fuera posible ajustarse a esta recomendación, no es razón para no adecuarse a ella mientras sea posible, como es el caso en la actualidad.
Sería deseable, por lo tanto, realizar un esfuerzo añadido de comprensión, hacerse cargo de lo sumamente difícil que debe de ser necesitar que otra persona nos atienda en nuestras necesidades más íntimas, y poner los medios para evitar que esta situación resulte todavía más dura de lo indispensable.
50. Tratar a las personas residentes con respeto y tolerancia, y mostrar particular comprensión con quienes presentan deterioro cognitivo o demencia. (Derecho en el que impacta esta recomendación: Dignidad).
51. La dependencia para los cuidados personales puede tener un fuerte impacto emocional y puede generar sentimientos de indefensión, de frustración o también de rabia y enfado, que es necesario considerar a la hora de articular los apoyos individuales. (Derecho en el que impacta esta recomendación: Dignidad).
52. Con el fin de favorecer el mantenimiento de la autonomía, no debe ofrecerse nunca más del apoyo que realmente necesita la persona, dejando que ella realice, a su propio ritmo, las actividades o los gestos que sí puede hacer. (Derechos en los que impacta esta recomendación: Dignidad, Autodeterminación).
53. Ofrecer a las personas residentes y a sus familiares la posibilidad de que estos últimos participen en la realización de determinadas tareas de atención personal, como son dar de comer, asear, levantar o acostar al residente, si ambas partes así lo prefieren y si se encuentran en condiciones de hacerlo sin riesgo. (Derechos en los que impacta esta recomendación: Privacidad, Elección).
54. Evitar hacer comentarios, delante de otras personas, sobre cuestiones personales e íntimas que afectan a una persona residente y, como regla general, evitar, entre profesionales, comentarios innecesarios sobre cuestiones de esa índole. (Derechos en los que impacta esta recomendación: Privacidad, Dignidad).
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